Y es curioso como las casualidades se convierten en letras de cambio. Sabido es que cuando se nombra mucho -a veces poco- a una persona ésta aparece en escena como por arte de magia. Este relato puede parecer un cúmulo de personajes en torno a una trama pero no es cierto, se trata de una trama rodeada de personajes. ¿Cuál es la trama? Vaya, y seguro que esperan que se lo cuente, vaya lectores que están hechos. Permítanme que siga contando lo que sucedió y así tendrán un tema de conversación en las cenas de negocios:

 


I

         Fidelia Bossanova había tenido que huir de Santo Potingue, su país natal y querido. Tras el golpe de estado llevado a cabo por el coronel Machín Céspedes todos los partidarios del gobierno eran encarcelados, apresados, retenidos, capturados, arrestados, lazados, prendidos o incluso puestos entre rejas. Omar Ciano, el marido de Fidelia y rey del país, murió cuando el palacio fue atacado por los rebeldes a la temprana edad de 84 años recién cumplidos. Fidelia huyó una tarde de abril en un barco, de nombre Extranjero,  que zarpaba en dirección a Konadá, muy muy al norte del globo, pero mucho. Se deslizó en la oscuridad, acompañada por cuatro de sus más fieles súbditos -aunque uno de ellos llevaba peluquín y esos no son de fiar-, hasta el carguero que habría de llevarla hacia un lugar seguro, seguro que la llevaba a algún lugar queremos decir. Era un carguero de carga (¿lo imaginaban?), oscuro y de enormes velas -no se había inventado aún la electricidad y muchos gustaban de leer por las noches-. Ondeaba una bandera tricolor que nadie sabía a ciencia cierta de dónde era procedente pero que quedaba muy bonita cuando hacía buen día. El plan era que Fidelia se ocultara en una de las bodegas junto a dos de sus súbditos -el del peluquín no- hasta que el barco se hallara en alta mar. Allí el capitán del barco, que estaba en el ajo, claro, le avisaría y ella podría ocupar uno de los camarotes. Sería un viaje largo pero agradable. Los dos fieles súbditos -entre los cuales no estaría el del peluquín- ocuparían el camarote que estaba justo al lado del de la reina y así podrían asegurarla (a todo riesgo con franquicia de cincuenta libras glaresterinas) y resguardarla de todo mal. Amén.

         El barco había zarpado sin novedad; para ello sólo habían tenido que añadir agua (era un barco, evidente, ¿no?) y lanzarse hacia las azules y claras (ahora negras y oscuras porque es de noche pero no queremos perder el lenguaje poético) aguas del mar Hondo. Dos días después de partir (un día si es partido por dos) la cosa se empezaba a hacer insoportable. Fidelia no había salido aún de la bodega y aunque le habían dejado agua y comida para ella y sus fieles súbditos (el del peluquín no iba con ellos, ¿lo hemos dicho ya?) se habían olvidado de algo muy necesario: una toilete. La ex reina Bossanova llevaba, entre pitos y flautas, más de tres días sin poder hacer aguas menores (lo cual resulta gracioso cuando uno se halla en mitad de un océano). Decimos entre pitos y flautas porque ese era el cargamento del barco; Pitos de Forrestier y flautas de Cañamones (provincia de Cañamón y Cajal). Sus fieles súbditos también se hallaban nerviosos, hacía dos días que su equipo preferido había jugado la final de la liga y no sabían los resultados. Si en lugar de súbditos hubieran sido marineros se habrían amotinado, amontonado si coincidiera con las rebajas. Por fin se abrió la compuerta de la bodega, situada en el techo, y un ligero rayo de sol entró por ahí sin pagar la entrada ni nada. Tras el rayo se asomó una cara risueña. Brillaba un diente de oro, un pendiente de oro y unos rizos de azabache. Un pañuelo de lunares circundaba su testa y un bigote era compañero inseparable de una perilla; era el capitán.

    - Señora -dijo con melosa voz- el peligro ha pasado y podéis subir a cubierta.

    - ¿Cubierta?, oh, lo siento no traje sombrero -dijo ella con también melosa voz- ¿Hay demasiado sol?.

    - No, no, no, no, me refiero que podéis salir de la bodega. Supongo que tendréis ganas de abandonar vuestro escondrijo. Hace un día espléndido con una leve marejada de componente norte. El anticiclón de las Azores se acerca velozmente y la temperatura actual es de 22 grados con una humedad relativa del 70%. Para mañana se esperan ligeras lluvias en la región septentrional y suave niebla matutina.

    - Caramba, gracias. Eso sí es una buena noticia... supongo.

    - Soy el capitán Medina, Gay Medina. Si le place subir le ofreceremos un cocktail de bienvenida y luego tendré el placer de acompañarle para que visite las instalaciones de nuestro buque. Disponemos de tres comedores, gimnasio, piscina, frontón, tiro -con ballesta- al plato, dos salones de baile y cinco bares. Esta noche ofreceré una fiesta en su honor.

    - ¡Bien! Una siesta, estoy muy cansada y me irá de perlas

        Como puede verse, digo leerse, Fidelia era algo dura de oído. En ocasiones había sido una ventaja puesto que Omar solía ser un rollo con sus charlas pero a veces había ocasionado que sus súbditos -incluido el del peluquín- protestaran de que no escuchaba las quejas del pueblo. El capitán puso cara de no comprender pero le ofreció su mano. Ella se agarró a ella y se quejó de inmediato. Medina, como siempre, se había equivocado de mano y le había ofrecido la izquierda, aquella que le faltaba y que un garfio había substituido. Una equivocación similar era lo que le había costado al capitán un ojo de la cara: Una mañana en que de nuevo había olvidado la falta de su mano llevóse la izquierda para frotarse una legaña persistente y desde aquel día llevaba una cortinilla que ocultaba la falta de su globo ocular. A pesar de todo ella subió hasta la cubierta y, antes que nada, preguntó por los excusados.

    - No, no. Aquí no hay excusados, no hay excusa, todos tienen que trabajar que para eso les pago.

    - Me refiero al servicio -dijo ella con cierta prisa-.

    - Ah, eso sí tenemos, un camarero acudirá de inmediato.

    - Diablos, pardiez, diantre, acabáramos -gritó ella que era muy malhablada-. ¡Que me meo!

        Aclarado y centrifugado el malentendido pudo ella ir y volver, ahora más descansada, junto al amable pero despistado y algo amanerado capitán. Se dedicaron a charlar durante varias horas de cosas trascendentales y que llenan el espíritu al tiempo que no engordan. Hablaron de la moda de París, de los nuevos teatros de la capital, de que Lola Osborne, la actriz de moda, se iba a casar por quinta vez con un hombre veinte años más joven que ella. Comentaron la falta de seriedad de algunos gobiernos que se negaban a quitar a los pobres del centro de las ciudades ¡con lo feo que queda eso!, y cosas por el estilo. Los fieles súbditos de la Bossanova se había dormido cerca de ellos a la segunda hora de charla. Fidelia se fijó en la pulcritud de todos los marineros, ataviados con colores pastel y muchas plumas. Iban de aquí para allá manteniendo todo limpio y no dejaban de sonreír y dar saltitos. Llegó la hora de la cena y los dos acudieron al camarote de Medina donde se iba a servir la cena. Ella miraba al capitán con ojos de besugo (Si estuvieran en el bosque sería con ojos de liebre).

        El camarote del capitán era una gran estancia forrada de madera y llena de pequeños detalles que hacían de aquello un lugar agradable. Había cuadros de marineros forzudos, llenos de músculos, ataviados con un breve pantalón. Jarrones de flores -que Fidelia tomó como un honor especial para ella- sobre estanterías de caoba, un perchero lleno de sombreros con muchas plumas y mullidas alfombras. Una mesa pequeña mostraba varias bandejas de canapés dispuestos con suma atención y como si se tratara de un desfile militar. Ella sonrió halagada mientras su corazón latía deprisa y notaba las vísceras llenas de lepidópteros (mariposas en el estómago vulgarmente pero ella había sido reina y ni siquiera sus emociones eran vulgares). Se estaba enamorando de Medina como se enamora una colegiala de su profesor o un cobrador de hacienda de sus recibos.

 


II

    - Milady Fidelia...

    - Llámame lady, o mejor aún, Fide, te lo ruego, será mejor que nos tuteemos.

    - No me gusta jugar al tute, pero bueno -continuó él-. Decía, Fide, mi bona Fide, que hace una noche excelente. Una humedad relativa del 60% y una temperatura de 20 grados. Un anticiclón ha entrado por el sur y las borrascas han tomado otra dirección que afectará sólo el norte de Europa. La mar está en calma y no se esperan grandes cambios para las próximas semanas. En definitiva, una noche ideal para hablar de la pasión.

    - ¿Canción? Oh sí -dio ella palmaditas de alegría- Me gustará oírte cantar.

    - No, he dicho pasión, ternura, atracción. Ya sabes, amor.

        El corazón de Fidelia dio un vuelco. Ella se había enamorado del capitán Medina y él le correspondía. Parecía increíble que hubiera podido olvidar tan pronto a su difunto esposo Omar pero el corazón es así. Bueno en realidad no es así, tiene dos aurículas y dos ventrículos, las válvulas Mitral y Tricúspide y es un músculo necesario para la circulación de la sangre pero los enamorados no entienden de eso (muchos médicos tampoco pero siguen ganándose la vida de ese modo), los enamorados no entienden de nada porque sus ojos están siempre dispuestos a admirarse los unos a los otros, las otras a los Hunos (que dijo Atila). Es curioso que digan que el amor es ciego cuando el amor entra primero por los ojos, se mantiene por el estómago y se pierde por el uso. Podría estar hojas y hojas hablando del amor pero no me pagan para eso y uno es muy estricto con su trabajo y más aún con el día de cobro. Se ha escrito mucho sobre el amor y no quiero que llenen sus bibliotecas a costa mía.

    - Sí, Fidelia, sí. Desde que subisteis al barco que estoy enamorado locamente.

    - Tutéame, por favor, tutéame.

    - No si ya lo hago pero me refiero desde que subisteis los tres; tú y tus dos acompañantes. Ese chicarrón que llamas Patxi me tiene robado el corazón. Cuando le veo en cubierta en camiseta, sudando, con esos brillantes músculos... Ay.

        La ex reina abrió los ojos como platos mientras el canapé que iba en dirección a su boca se quedó a medio camino. Las pequeñas bolitas de caviar emularon la cascada del Niágara y se depositaron con ternura en el regazo de ella. Las mariposas de su estómago se habían fugado con el yeyuno y su corazón había iniciado una huelga a la japonesa. ¡El capitán era gay!

    - ¡Eres gay!

    - Oig, gracias, tú también eres güay

    - No si digo que perdéis aceite, que sois aplumado, afeminado... homosexual, vaya.

    - Bueno ya os lo dije cuando me presenté -volvió al tratamiento de vos viendo como se estaban desarrollando las cosas y que ella también lo había hecho-. Os dije que era gay Medina.

    - Pero yo pensé que ese era vuestro nombre. Que os llamabais Gay.

    - No, no. Mi nombre es Doro, Doro Medina de Azhara. Y soy gay.

    La tensión en el ambiente se hizo palpable. Medina miraba, sonrojado, a Fidelia y ésta miraba sus zapatos -que por cierto no les vendría mal una pasadita porque estaban de un gorrino que tiraba para atrás-.

    - Todos en este buque lo son, querida -continuó el capitán-, no me diréis que no os habíais dado cuenta. El extranjero es el primer barco de la historia que es emblema del orgullo gay. Os contaría la historia con mucho gusto pero me temo que no os interesa demasiado.

    - Ni demasiado ni nada. Ahora mismo me voy. Parad el barco que me apeo.

    - No seáis ordinaria, no soporto las ventosidades.

    - No, que me bajo, quiero decir que quiero abandonar este barco.

    - Ah, vale. Ya veo a qué tipo de persona pertenecéis. No comprendéis nada ni queréis comprender nada de nada. En cuanto amanezca llegaremos a Puerto Valladares(conocido también como Puerto Paco). El barco tenía previsto atracar allí para reponer comida y agua. Allí podréis abandonar el Extranjero, vos y vuestro súbdito.

    - ¿Eh?. De eso nada, los dos vendrán conmigo. No voy a dejar a Patxi Zumalacárreguialbóndigalahostia aquí en las garras de un.. de un... de una... de... Bueno, eso, que vendrá conmigo.

    Las puertas del armario se abrieron de golpe y el aludido hizo acto de presencia -bueno, hizo eso y un quiebro porque no acostumbrado a llevar tacones casi se cae al salir con tanta rapidez-. Soltó un gritito mientras dejaba floja su mano derecha y dijo:

    - De eso nada, monada. Yo me quedo con Medina.

    - ¡Tú has salido del armario! -dijo la ex reina-.

    - Evidente, cariño, evidente. Sí, salí y no pienso volver. Me quedo aquí con mi capitán y esta pocholada de barco. Me ha dicho que quiere cambiar el rumbo e ir hasta las islas griegas. Hasta me dijo que me iba a enseñar el griego esta noche. Yo nunca he tenido pasión por los idiomas pero con este profesor aprendería incluso chino.

- ¡Cochino!

- No, chino, dije chino. El mandarín.

 


III

        Fidelia estaba en el puerto de Puerto Valladares junto al único súbdito que le quedaba. Sonaba extraño eso de ser reina y tener un súbdito solamente pero así es la vida o incluso más corta. Su escaso equipaje descansaba a lomos de Sheriffan -sí, ese, el súbdito, que todo hay que explicarlo- y miraba hacia el barco que se alejaba. Era ya apenas dos velas en el horizonte y ella estaba triste por lo sucedido. Dejar de ser reina molesta pero seguir siendo viuda es aún peor. En aquel bajel marchaba su corazón y su ilusión. Medina le había afectado profundamente, de hecho él mismo era algo afectado. Pero la vida sigue -pensó- y tengo que buscar manera para llegar a Konadá, donde podré rehacer mi vida y cocinar pastelillos de atún.

        Sheriffan sudaba la gota gorda porque aún seguía con el equipaje cargado en sus espaldas y llevaban así ya más de una hora. Podría haberlo dejado en el suelo pero, además de que estaba sucio como la conciencia de un político, temía que algún ladronzuelo de los puertos se lo robara. Allí residían todas las pertenencias de la (ex) reina, todo lo que le quedaba. El olor a bacalao de aquel puerto era insoportable, quizás era hora de que su (ex) majestad se tomara un baño. El súbdito miró alrededor en busca de algún albergue aunque los de los puertos no suelen ser los más recomendables. De repente sucedió algo inesperado, cayó la noche, sí, de golpe, sin avisar y eso que aun era pronto. Ahora sí que había que hacer algo y rápido. Y pasó, vaya si pasó.

- Tú, ¿quién eres? -dijo una escabrosa voz a espaldas de Fidelia-. ¿Qué haces aquí?

        Fidelia se volvió y pudo toparse con un malcarado hombre que llevaba una camiseta de rayas rojas y blancas (marca Signal, la última moda en Puerto Valladares) o blancas y rojas, como prefieran, y un pantalón marinero, negro, ajustado y tobillero. Un gran sable pendía de su lado como cuelga un moco a un bebé constipado. No sonreía ni falta que hacía porque con semejante jeta incluso con su mejor sonrisa habría parecido un cruce entre un caníbal y un guerrero degollador de las islas Mugrientes (algo más al sur). Iba a contestar -y a mentir, claro- la (ex) reina cuando un sonoro clonk se dejó oír con eco y todo. Puesto que no había palmeras en el puerto tampoco había cocos ergo el sonido se trataba de..

- Sheriffan! ¿Estás bien? -gritó a ella mientras veía a su (único) súbdito en el suelo y con un chichón tamaño familiar.

- Majestad, maja, ¿cómo voy a estar bien después de "la acaricia" recibida? -se quejó Sheriffan y perdió el conocimiento como pierde un juicio un mal abogado.

        La sucesión de sucesos sucesivos que sucedieron sucesivamente a velocidad vertiginosa apenas quedaron registrados en los anales de los relatos que contamos. Vióse ella golpeada también y metida en un saco. Perdió el conocimiento y un zapato y ambos fueron arrastrados hasta algún lugar que sonaba a madera, olía a mar, crujían sus cabos, se movía de un lado a otro y se oía gritar a lo lejos: ¡todo a estribor! Sí, premio, avispados lectores, son ustedes muy listos, se trataba de un barco, un barco pirata para ser más exactos que Pitágoras con una calculadora. Estaban de nuevo en el mar pero con rumbo desconocido -que diría un borracho a las seis de la mañana-.

* * *

Ya está, por el momento... ahora viene eso que diceeeee.... ¡Continuará!