CAPÍTULO I
(Antes capítulo VIII pero tal y como está la vida...   así pago menos a Hacienda)

 

     Estaba oscuro y llovía -creo que ya lo había dicho- noté pasos a mi espalda y rápido como una centella que sea rápida, me giré y la vi. Era una silueta conocida, anchos hombros, gran altura. Era algo amenazador y mi instinto no se equivocó. Al acercarse a la luz, pude ver el enorme puro sujeto a una boca ribeteada de pelos y unos rulos que acompañaban una permanente barata. Era la portera. Su delantal parecía la cartelera de espectáculos del año en curso, su cara una tortilla de patatas con mucha cebolla y sus orejas un par de cebollas sin tortilla de patatas. Sus manos eran como dos enormes tortillas sin patata ni cebolla y su barriga una patata sin cebolla ni tortilla. Todo un poema culinario, ¿para que engañarnos?, una alegoría al huevo, un drama de colesterol ambulante. En la mano llevaba la más temible de sus armas, aquella con la que todos los meses me amenazaba; el horrible recibo del alquiler de mi despacho-vivienda-pisito de soltero-peluquería canina.

Lo de la peluquería era un disfraz, en realidad no peinaba perros, solo le hacía la manicura. Soy un detective, pero como no gano mucho con mis investigaciones probé ganarme la vida con miss Universo. Se negó a darme el teléfono y yo no sabía escribir un telegrama. Nuestro amor fue imposible. Claro que también parecía imposible volar y el Hombre lo consiguió. Digo el hombre del 5º, aquel que no pagó el alquiler y la portera le hizo salir por el balcón sin haber avisado a los bomberos antes.

Rebusqué en mi cartera hasta encontrar un par de libras glaresterinas y algún camelotdólar en curso legal. Me costó mucho, porque como estamos en junio, los cursos han acabado, pero sabía que la portera no me aceptaría unos billetes de recuperación en Septiembre. Me sentí como un niño, quiero decir que me puse a llorar. Aquel esperpento barbudo que sus hijos llamaban mamá y su marido “queridita paloma” me dejaría sin efectivo ni crédito en los próximos instantes. Pensé en salir corriendo, pero la portera, estaba en la puerta desde hacía media hora intentando entrar la parte mas carnosa de su volumen y se había quedado enganchada allí, al marco de la puerta. Sonreí, me sonrió, me asusté, me asustó, se atusó el bigote y extendió la mano. Por mí, podría haber extendido una alfombra y salir volando, pero una escoba era mas adecuada para la vieja limpia-portales. Se lo hice saber mientras le daba el dinero, ella me hizo saber que se había dado por enterada dándome el recibo y una bofetada que habría despertado a unos ancianos frailes una hora antes de los maitines.

Era casi de noche, el vaho dejaba las ventanas en mal lugar, porque una ventana debe dejar ver y por aquellas solo se veían unas gotas de humedad que arrastraban la mugre hasta sus partes mas bajas. Que tonto invento es una ventana. De día corres las cortinas para que no te vean y que no moleste la luz. De noche, cuando no hay luz que se refleje ya, la abres y entra el frío. Enciendes la estufa e intentas compensar la temperatura exterior con la interior y llegar al punto medio, ese que hace que sudes, apagues la estufa, cierres la ventana y te vayas al Chez Mariposa a tomarte unas copas y a ver el numerito de las Libélulas Lujuriosas. Si no hubiera ventanas, muchos bares deberían cerrar y dedicarse a la venta ambulante de sandalias con calcetín incorporado, especial para extranjeros de pantalones cortos con cuadros y/o rayas y vistosas marcas de quemaduras solares en sus mejillas, pantorrillas, perillas, orejillas y lentillas.

Abrí el cajón de mi mesita de noche, que a la vez hacía las veces de mesa de despacho, mesa de comedor, mesa camilla (no Camille no, camilla) y de mesa de cocina. Busqué hasta encontrar mi quitapenas y lo puse en la funda de mi sobaquera. Antes llevaba una pistola, pero como me la robaron, utilizo ahora esa funda para llevar la petaca de whisky. Hay que ver lo que se ahorra en los bares si llevas tu propia petaca. También puedes rellenarla con lo que se dejan los clientes satisfechos, pero eso implicaba llevar un embudo y como es el mismo que utilizo para llenar la moto de gasolina, suele coger mal gusto.

Seguía allí de pie. Mis pensamientos eran fuertes, claros, rotundos, seguros y ruidosos, porque la pareja del apartamento de al lado (departamiento en las películas antiguas de dudosa traducción) se quejaron. Con mis ruidos no les dejaba oír los suyos propios. Son una pareja muy curiosa, para empezar son tres, y se pasan la vida haciendo partidas de “como colgar dos jamones de un mismo clavo”. No me gusta discutir, así que dejé de pensar. Después de todo, pensar solo sirve para darte cuenta de que estás otra vez en número rojos, que has dejado mal aparcado el coche o que ayer te fuiste a la cama si haber apagado el televisor. Séneca hubiera pensado lo mismo si hubiera sabido lo que era un televisor. Volví a asomarme a la ventana. Seguía lloviendo, fue entonces cuando me di cuenta que aquello no era la ventana si no un cuadro que representaba las cataratas del Niágara. Ya me parecía a mí...

Me puse la gabardina encima del pijama, me calé el sombrero, enfundé los zapatos, me anudé la corbata, miré la foto de mi perro, me saqué un espagueti de una muela, tosí, me ajuste el cuello del pijama, hice unos pasitos de claqué, apagué la radio, la TV, la nevera, el CD, la luz, encendí un cigarrillo, tosí de nuevo, me sequé las lágrimas, estornudé tres veces, guardé un bocadillo de la semana pasada en el bolsillo después de haberlo mordisqueado, bajé la persiana, di dos golpecitos en la pared que da al apartamento lado (departamiento en las películas antiguas de dudosa traducción) del par de tres y miré el reloj. Esa noche ya era tarde para ir a buscar al mafioso grillo, así que me tumbé en el sofá y me puse a soñar con los tres cerditos.
  


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